Empollones hasta las ocho

Para l@s que habéis leído cuanto menos el principio del anterior post:

Finalmente, llegué a la biblioteca. Los que seais habituales de este tipo de centros sabréis lo que sucede más comunmente en estas fechas: parece que regalen algo. Las dos plantas de la biblioteca municipal del Vapor Vell estaban totalmente a rebosar de gente: en los ordenadores, en las mesas, en los sofás de lectura, en cualquier rincón, incluso en el vestíbulo al lado de los ascensores…

Evidentemente, tuve que abandonar en mi intento de pasar allí un rato de estudio, y salí de nuevo a la calle. Al lado de la biblioteca, muy cerquita, hay un bar que frecuentemente sirve a los estudiantes para tomar algo, quedar o comprar tabaco cuando vamos a estudiar. E incluso para estudiar allí cuando la biblioteca estaba llena o queríamos fumar, si no molesta el ruido de la demás gente.

Nada más entrar me encontré a una chica con una carpeta de la UPC y la mesa sembrada de apuntes, enfrascada en algún tipo de cálculo y demostrando un mal gusto excepcional con los rotuladores fluorescentes en sus apuntes.

Tomé asiento, saqué el portátil y pedí algo para beber. Cuál fué mi sorpresa cuando la respuesta del camarero (y propietario) fué la siguiente: “sólo se puede estudiar o estar con el ordenador hasta las 8 (20h)”. “¿Por qué?” le pregunté. “Porque esto es también restaurante”, me soltó como única respuesta.

Y aún no lo entiendo. Unas seis mesas de dos personas ocupan la parte de la entrada del local, y al fondo del mismo tiene dos mesas redondas con capacidad para unas cinco personas y cuantro mesas más para cuatro personas cada una. Las mesas individuales estaban, conmigo, todas ocupadas, en su mayoría por estudiantes o jóvenes que habían quedado allí. La barra (para unas diez personas, y lo digo de memoria) estaba casi llena con hombres de la quinta del dueño (los que hace años que no se pueden mojar la barriga), y al fondo del local sólo había tres personas tomando algo mientras una niña pequeña iba revoloteando por el bar. Es decir, que en la parte del fondo del local (la que estaba más habilitada para cenar) no había prácticamente nada más que sitios libres, y aún así el hombre me increpaba que la presencia de alguien estudiando era molesta.

Pero eso no es todo: lo único que se puede cenar en el local (porque es que no es la primera vez que voy allí) son las tapas y raciones expuestas en la barra, y sobre las que prefiero reservarme la opinión. Es decir, que de cenas las justas. De hecho, en la pared que hay detrás de la barra unos carteles anuncian la categoría del local: “bar”, “café” y “xarcuteria”. Sí, habéis leído bien: charcuteria. En la entrada del bar hay un pequeño mostrador donde se supone que despachan todo tipo de embutidos y productos similares, como los jamones que cuelgan (¿desde cuándo?) de las paredes de ese rincón.

Nunca he visto a nadie comprar allí y es una charcutería. Y no tienen nada para cenar pero es restaurante. Y es el bar más cercano a una concurrida biblioteca y los estudiantes no están bien vistos. Y tener el portátil a partir de las 20h está prohibido, pero el dueño compagina su trabajo con enardecidas partidas al solitario en su ordenador portátil, detrás de la barra.

Pero él es el dueño, y el resto sólo clientes. Y cada vez tengo más claro que el cliente es el último en tener la razón.

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Un comentario en “Empollones hasta las ocho

  1. Para cuando seas un columnista famoso y decidas hacer un libro recopilación de artículos , me pido ser tu traductora!

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